La carta de la aseguradora llegó un martes: sobre blanco con ventanilla, el nombre de mamá, la fecha y la hora, segundo jueves de enero, ocho y media. Mamá la abrió durante la cena, la leyó dos veces y la dejó sobre la mesa con el mismo golpe seco con que se aplasta una mosca.
«¿Y esto qué es?»
«Una cita para una revisión.»
«Ya veo que es una cita. ¿De dónde sale?»
«La pedí yo. En tu nombre. – Mentir no tenía sentido: la firma de la solicitud era mía de todas formas –. El programa es gratuito, todo en un solo día.»
«Klara. – A mamá se le puso esa voz que de pequeña dejaba la casa entera en suspenso –. Has rellenado papeles por mí. Por una persona adulta. Sin preguntar.»
«Habrías dicho “después de las fiestas”.»
«¡Porque después de las fiestas!»
«¡Mamá, tu “después” no llega nunca!»
Las dos nos callamos por cómo había sonado aquello. El hervidor hizo clic y se apagó. En casa de los vecinos sonaba la televisión: otra vida seguía su curso y no tenía nada que ver con nuestra cocina. Mamá se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz:
«¿Qué te pasa, hija? Has dejado a tu chico, andas ocupándote de niños ajenos, me pides cita con médicos como si tuviéramos un incendio en casa. ¿De dónde sale el incendio, Klara?»
Decir la verdad no podía. No decir nada, tampoco. Elegí la parte de la verdad que cabía en aquella cocina:
«Soñé que te perdía. Tan de verdad que todavía hoy me despierto y escucho si respiras. Ya sé que es una tontería. Ve una sola vez y te dejo en paz.»
Mamá me miró largo rato. Algo en mi cara debía de ser más viejo que diecisiete años, porque dejó de enfadarse.
«Una vez – dijo –. Y nada de esos ojos tuyos siempre a punto de llorar.»
«Trato hecho.»
«Y me haces una tarta. Por tomarte esa libertad.»
«Dos.»
«No te pases.»
El segundo jueves de enero llegamos a la hora de apertura. La clínica era nueva, de cristal, con número de turno y máquina de café; mamá inspeccionó todo aquel montaje y dictó sentencia: “Qué bien viven. Con nuestras cuotas”. A la enfermera de recepción le comunicó que ella estaba sana, que su hija era una mandona y que, si en dos horas no salía de allí, en la floristería se echarían a perder treinta tulipanes. La enfermera, a juzgar por la cara, era de las nuestras: asintió con plena comprensión.
Yo esperaba en el pasillo, sentada en una silla de plástico, con el abrigo de mamá en el regazo. La revisión iba según lo previsto: análisis, una consulta, otra consulta. Pasaban carritos, olía a café de máquina y a algo médico que desde la primera vida me encogía el estómago. Repasaba mentalmente el presupuesto de “La Escalera”, el viejo método: cuando tienes miedo, cuenta. Al final de la segunda hora salió una médica – joven, de ojos cansados y amables – y dijo, con el tono cotidiano con que se anuncia el retraso de un tren:
«Vamos a retener a su madre un poco más para una placa. No es nada grave, solo queremos mirar con más detenimiento.»
Asentí tranquila. Sabía hacerlo: diez años entrenando con ataques de pánico ajenos. Solo que el abrigo, entre mis manos, acabó arrugado y doblado por la mitad.
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