La primera entrevista de la Fundación se pareció a un examen; la segunda, a un interrogatorio sobre el alma.
En la primera, tres expertos se pasaron una hora desmontando «La Escalera Abierta» tornillo a tornillo. El hombre delgado de la tableta empezó por el dinero:
«Financiación de arranque: pongamos que una subvención. ¿Y dentro de un año? A los mentores hay que pagarles todos los meses, señora Mohr, no de una subvención a la siguiente.»
«Dentro de un año pagarán los distritos y los colegios: una hora de mentor les sale más barata que escolarizar un año más a un alumno repetidor», dije. «El cálculo está en la página siete: una hora de preparación frente al coste de un año repetido. La diferencia es de once a uno.»
«Optimista.»
«Conservador. He rebajado el efecto a la mitad para que ustedes me crean.»
Levantó por primera vez la vista de la tableta y anotó algo. El segundo experto preguntó qué impediría que la plataforma degenerase en un negocio corriente de clases particulares para quienes ya lo tienen todo. La tercera, una mujer de pelo corto y gris, callaba y escuchaba como se escucha un pulso.
«La regla de admisión», contesté. «Primero aceptamos a quienes viven el colegio como si fuera una lengua extranjera. Quienes tienen medios pueden esperar: por su futuro ya se preocupa alguien con dinero.»
«¿Y las horas infladas? Los adolescentes son ingeniosos.»
«Firmas cruzadas: alumno, padre o madre, mentor. Punto nueve del reglamento. Lo ideó mi amiga, que me destrozó la primera interfaz en una tarde – y su apellido figura en el reglamento, porque entre nosotros así es como corresponde: cada método lleva la firma de su autor.»
«¿Adónde quiere llegar?»
«A que la regla funciona. Acaba usted de leer un apellido ajeno en mi solicitud y no se le ha pasado por la cabeza que yo hubiera ocultado a una coautora.»
Respondía siguiendo mis propias tarjetas de preguntas y por primera vez sentí lo que era que la escalera que había construido para otros aguantara mi propio peso. Al preguntarme por los riesgos, me descubrí recurriendo al viejo reflejo de disculparme con el tono y recordé la anotación en rojo de Hartmann: «Afirme». Afirmé.
La segunda entrevista la llevó aquella misma mujer de pelo gris: sola, sin tableta, con ojos de radióloga. No le interesaba el proyecto. Le interesaba yo.
«En su biografía hay una ruptura, señora Mohr. Durante tres años constó usted como mentora no oficial del candidato más fuerte del instituto. Después dejó de serlo. A la comisión le importa entenderlo: ¿sabe usted empezar, o solo sabe marcharse?»
Respiración a cuatro tiempos. Convertir la vergüenza en un plan de acción.
«Sé contar», dije. «Durante tres años invertí mis horas en el resultado de otro y a eso lo llamaba amistad. Ahora las invierto donde se ve el resultado de mi inversión. “La Escalera Abierta” no es una huida. Son las mismas manos, el mismo método y, por primera vez, mi firma.»
«Pongamos que sí.» Hizo una anotación. «Entonces, la segunda pregunta. ¿Qué será de la plataforma cuando usted se canse? Las personas como usted arden con fuerza y se consumen muy deprisa.»
La pregunta era cruel y exacta, como todo en aquella Fundación.
«El reglamento está redactado para funcionar sin mí», dije. «Cada método está firmado y es de acceso abierto, una hoja de cálculo contabiliza las horas y el consejo toma las decisiones. Construí un sistema del que se puede salir sin derribarlo. Porque una vez yo misma fui un sistema del que no se podía salir. No me gustó.»
La mujer me miró con la mirada larga del radiólogo a quien la placa le ha dicho más que el paciente. En su cara no se leía nada, y decidí tomarlo por un cumplido: la impenetrabilidad es la cortesía de los fuertes.
La víspera del ensayo público, mamá puso en la mesa un plato de tostadas y se sentó enfrente, con el pañuelo que llevaba desde el primer ciclo de tratamiento como si fuera un accesorio de moda y no una necesidad.
«¿Nerviosa?»
«Lo normal.»
«Mientes.» Me acercó el plato. «Las chicas cansadas necesitan hidratos. Come.»
Me reí y de pronto comprendí que en mi primera vida aquella escena no había ocurrido ni una sola vez: antes de cada examen mío yo no estaba en aquella cocina, sino en la biblioteca, con fichas ajenas, con un pánico ajeno, con un futuro ajeno. Mamá me miraba comer y no hizo preguntas hasta la segunda tostada:
«¿Ya han anunciado el tema?»
«Lo han colgado hoy. “Lo que cuesta el éxito: sobre el apoyo visible y el invisible”.»
Mamá soltó un resoplido y fue a poner el agua a hervir:
«Pues sobre eso tú podrías escribir un libro.»
«Pienso empezar por el ensayo.»
«Empieza.» Puso la taza delante de mí y dejó un segundo la mano en mi hombro, el gesto que en nuestra familia sustituía monólogos enteros. «Y el libro lo escribirás después. Cuando yo me cure y pueda estorbarte como es debido.»
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