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MI CUADERNO ME PERTENECE

Capítulo 18. La petición correcta

Una semana antes de la final, Julian me alcanzó en la escalera de la sala de lectura. Esta vez no llevaba papeles ni bolígrafo rojo y mantenía las manos en los bolsillos, como si no se fiara de sí mismo. Del bolsillo de la cazadora le asomaba una hoja doblada con el emblema del servicio de orientación: un horario, a juzgar por los pliegues, desplegado y vuelto a doblar muchas veces.

«Dos minutos – dijo –. No es por el ensayo.»

Me detuve.

«Me he apuntado al servicio de orientación. – Lo dijo en tono llano, como se da parte de una vacuna –. Llevo tres semanas yendo, los martes. Allí te dan ejercicios; la mitad son tonterías, pero la otra mitad… – Se interrumpió a sí mismo: el Julian de mi primera vida habría desplegado con eso toda una historia con grieta incluida. El nuevo la comprimió en un informe –. La otra mitad funciona. Y me he presentado a la convocatoria de primavera del ciclo siguiente. Estoy montando de nuevo el porfolio yo solo.»

«Bien.»

«Necesito un solo consejo, precisamente un consejo, no ayuda. – Soltó el aire –. ¿Cómo se pide apoyo sin que se convierta… en lo que hubo entre nosotros?»

La pregunta era la correcta. La primera pregunta correcta en mis dos vidas. Y precisamente por eso había que responder como orientadora, no como la Klara de la biblioteca.

«Tres reglas – dije –. Pide en concreto: no “sálvame”, sino “mírate el apartado dos”. Pídeselo a aquel cuyo trabajo es ese, y acepta la negativa sin regatear. Y di siempre en voz alta lo que te han dado: el apoyo que no tiene nombre se convierte en robo.»

Escuchaba como no había escuchado nunca en clase: sin memorizar las formulaciones, sopesando el precio. La primera regla la aceptó con un gesto de cabeza. En la segunda le tembló la comisura de la boca: “acepta la negativa sin regatear”; los dos sabíamos lo que le había costado esa lección. Sobre la tercera calló más rato que sobre ninguna.

«¿Eso es todo?»

«Eso es todo.»

«Gracias, Klara.»

Dijo en voz alta lo que le habían dado. Había aprendido la tercera regla a la primera. Asentí y subí la escalera, y él no me llamó, y eso también era nuevo.

El jueves el instituto recogía los documentos de la convocatoria de primavera. Delante de la oficina de becas había una cola pequeña: alumnos de décimo curso con carpetas nuevas, planchados por las esperanzas de sus padres. Julian estaba entre ellos como uno más: esperaba sin más, como se espera en las oficinas, y no convertía la espera en escena. Vi de lejos cómo entregaba su carpeta, la misma de siempre, arrugada, con la mancha de café descolorida en la esquina. Dentro había hojas nuevas; fuera seguía la vieja cicatriz.

La secretaria miró la mancha con la desconfianza de quien lleva veinte años recibiendo carpetas impecables. Julian le dijo algo que no llegué a oír, y ella de pronto sonrió de medio lado y estampó el sello de un golpe, como se pone el punto al final de una frase lograda. Y él sonrió: no con la sonrisa para los patronos, la que hacía que los adultos quisieran salvarlo, sino con la suya, corriente y algo torcida.

Y el viernes, tras el cristal de la oficina de becas, apareció la lista de finalistas de la selección nacional. La aglomeración ya era la de siempre. Hanna encontró mi apellido antes que yo y me apretó el codo con tal fuerza que me dejó un moratón.

«Perdona – dijo sin soltarme –. Luego me disculpo como es debido. Primero termino de leer.»

Del instituto había dos finalistas: Klara Mohr y Konstantin Eisenberg, trasladado desde el Moritzberg un mes antes, a donde el programa es más fuerte y la Fundación queda más cerca. Charlotte se quedó mucho rato delante del tablón. Su apellido no estaba en la lista, con su padre en el patronato, con todos los profesores particulares, las copas y las clases de seguridad en sí misma. Leyó la lista dos veces, se recolocó la cinta del pelo con el gesto de quien comprueba si la corona sigue en su sitio, y se marchó con la espalda perfectamente recta. La aritmética tampoco le falló esta vez: Charlotte sabía contar y comprendió antes que nadie que hay listas que no se corrigen con una llamada de papá.

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